Biografía de Epicteto

Filósofo griego (Hierápolis, Frigia (actual Pamukkale, Turquía), 55 d. C. – Nicópolis, Epiro (Grecia), 135 d. C.

Epicteto fue un filósofo asociado a los estoicos, recordado por el tono religioso de sus enseñanzas, con el que elogió a numerosos pensadores cristianos primitivos.

Se desconoce su nombre original; epiktētos es la palabra griega que significa «adquirido». De niño fue esclavo, pero logró asistir a las conferencias del estoico Musonius Rufus. Más tarde se convirtió en liberto y vivió su vida cojo y con mala salud. En el 90 d. C. fue expulsado de Roma junto con otros filósofos por el emperador Domiciano, que estaba irritado por la acogida favorable que los estoicos habían dado a los opositores a su tiranía. El resto de su vida, Epicteto pasó en Nicópolis.

Hasta donde se sabe, Epicteto no escribió nada. Sus enseñanzas fueron transmitidas por Arriano, su alumno, en dos obras: Discursos, de los cuales se conservan cuatro libros; y el Encheiridion, o Manual, una versión aforística condensada de las principales doctrinas.

En sus enseñanzas, Epicteto siguió a los primeros estoicos más que a los tardíos, volviendo a Sócrates y a Diógenes, el filósofo del cinismo, como modelos históricos del sabio. Principalmente interesado en la ética, Epicteto describió la filosofía como aprender “cómo es posible emplear el deseo y la aversión sin obstáculos». Creía que la verdadera educación consiste en reconocer que sólo hay una cosa que pertenece plenamente a un individuo: su voluntad o propósito. Dios, actuando como un buen rey y padre, ha dado a cada ser una voluntad que no puede ser obligada o frustrada por nada externo. Los hombres no son responsables de las ideas que se presentan a su conciencia, aunque son totalmente responsables de la forma en que las utilizan.

«Dos máximas», dijo Epicteto, «siempre debemos tener en cuenta: que aparte de la voluntad no hay nada bueno o malo, y que no debemos tratar de anticipar o dirigir los eventos, sino simplemente aceptarlos con inteligencia». El hombre debe, es decir, creer que hay un Dios cuyo pensamiento dirige el universo.

Como teórico político, Epicteto vio al hombre como miembro de un gran sistema que comprende tanto a Dios como a los hombres. Cada ser humano es principalmente un ciudadano de su propia comunidad, pero también es miembro de la gran ciudad de los dioses y los hombres, de la cual la ciudad política es sólo una mala copia.

Todos los hombres son hijos de Dios en virtud de su racionalidad y son afines por naturaleza con la divinidad. Así, el hombre es capaz de aprender a administrar su ciudad y su vida según la voluntad de Dios, que es la voluntad de la naturaleza. El instinto natural de la vida animada, al que también está sujeto el hombre, es la autoconservación y el interés propio. Sin embargo, los hombres están así constituidos, de forma que el individuo no puede asegurar sus propios intereses a menos que contribuya al bienestar común.

El objetivo del filósofo, por tanto, es ver el mundo como un todo, crecer en la mente de Dios y hacer suya la voluntad de la naturaleza.

Autor entrada: Diego Torres

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