Biografía de San Agustín

Doctor de la Iglesia Latina (Tagaste, 13 de noviembre de 354 d. C. – Hipona, 28 de agosto de 430).

Su verdadero nombre era Aurelius Agustinus. Hijo de madre cristiana y de padre pagano, no fue bautizado y despreció el cristianismo en los primeros años de su vida. Más tarde profesó retórica en Tagaste (373), Cartago (374-383), Roma (383) y Milán (384).

Su evolución espiritual, tras unos meses de retiro en Cassiciaco, hizo que la fe cristiana satisficiera todas sus inquietudes teóricas y prácticas y se hizo bautizar por san Ambrosio. Después de la muerte de su madre, dejó Italia en 388. Cuando regresó a Tagaste, vendió todos sus bienes en beneficio de los pobres.

Ordenado sacerdote en 391, fue elegido obispo de Hipona en 396, cargo que desempeñó hasta su muerte con extraordinaria actividad pastoral e intelectual. Sus escritos fueron fiel reflejo de la problemática filosófica y teológica que en cada momento más le preocupaba.

En sus primeras obras, escritas entre 386 y 391, Contra académicos, De beata vita, De ordine, Soliloquia, De immortalitate animae, De Genesi contra manichaeos y De libero arbitrio, criticó el escepticismo y el dualismo maniqueo. Sus comentarios de los textos bíblicos le ocuparon entre 400 y 426, con De Trinitate, De Genesi ad litteram y De civitate Dei. Las confesiones (400) constituye un relato biográfico de su evolución ideológica.

El pensamiento agustiniano gira en torno a dos temas fundamentales, Dios y el alma; Dios es la única realidad, inmutable y transcendente, que puede regular el entendimiento humano y que lleva a afirmar las verdades absolutas que ni los escépticos pueden poner en duda (principios lógicos, matemáticos, éticos y, en primer lugar, la propia existencia). El alma surge del tiempo y es la única realidad abierta al pasado (por la memoria), al presente (por la atención) y al futuro (por la expectación).

San Agustín elaboró una teología de la historia en la que pugnan la ciudad de Dios (constituida por el amor a la caridad) y la ciudad del mundo (dominada por el egoísmo), en la que, lenta pero progresivamente, triunfa la ciudad espiritual, la futura ciudad celestial. Aludió a la caída del Imperio romano y afirmó que sería debida a la propia corrupción, y no al abandono de los falsos dioses; vaticinó que tal crisis se reduciría a un momento difícil, pero transitorio.

A diferencia de los maniqueos, en el pensamiento agustiniano las personas no incluyen la maldad como una realidad positiva sino como una corrupción o privación de una perfección. Dios permite el mal en previsión de un bien mayor.

Su amplia visión le hizo merecer el calificativo del último hombre de la Antigüedad y el primero del nuevo mundo medieval. La Iglesia católica lo venera como santo y celebra su fiesta el 28 de agosto.

Autor entrada: Diego Torres

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