Biografía de Giovanni Pierluigi de Palestrina

Compositor renacentista italiano (Palestrina, h. 1525 – Roma, 1594).

Miembro del coro de la basílica romana de Santa María la Mayor a partir de 1537, asimiló, bajo la dirección de insignes maestros, como Robin Mallapert, la obra de los polifonistas franco-flamencos, muy admirados en Italia.

En 1544 fue nombrado organista y chantre de su ciudad natal, donde en 1547 contrajo matrimonio con Lucrezia Gori. Aunque en 1551 fuera reclamado por Julio III para dirigir la Capilla papal y hacerse responsable del coro de niños, el nuevo pontífice Paulo IV, elegido en 1555, ordenó que los músicos casados y adscritos al servicio vaticano abandonaran su cargo.

Palestrina, debido a su nombradía, logró el puesto de maestro de capilla de San Juan de Letrán como sucesor de Orlando di Lasso. Acuciado por la estrechez de su salario, dimitió en 1560, para un año después retornar a Santa María la Mayor, esta vez como máxima autoridad musical.

Hombre cauto y estimado por la excelencia de sus obras (al ser relevado en 1555, ya había escrito uno de los monumentos del Renacimiento, la Missa papae Marcelli), decidió en 1567, tras un breve período como director del Seminario Romano, entrar al servicio de Hipólito de Este, para quien creó y dirigió en su palacio de Tívoli música profana, hasta que en 1571 fue llamado de nuevo a San Pedro en calidad de maestro de capilla.

Viudo en 1580, al año siguiente se casó con una viuda acaudalada, Virginia Dormoli. Retirado y ocupado en la revisión y edición de sus obras, fue reconocido “Princeps musicae”, inscripción que a su muerte se grabó en su lápida de la Capilla Nueva de San Pedro.

Artista prolífico, fue autor de más de cien misas, himnos, salmos, letanías y lamentaciones, además de dos Stabat Mater (el segundo a 12 voces) y 250 motetes, sin olvidar el casi centenar de madrigales profanos y la cincuentena de madrigales espirituales.

Aunque aplicada a géneros distintos, su música presenta rasgos comunes, definidos por la flexibilidad contrapuntística y la elegancia formal. No hay que olvidar que tras el Concilio de Trento (1563) se sugirió a los músicos el cumplimiento de un arte veraz y sencillo, sin complejidades ornamentales que impidieran hacer el texto inteligible, cosa que obró en bien de Palestrina, buscador de estructuras severas y ordenadas, favorecedoras de un silabismo de fácil audición.

Algunas de sus misas a cuatro y ocho voces (Lauda Sion, Aeterna Christi, Sine nomine, etc.), muchas de ellas con un cantus firmus (melodía de un cantor que servía para dar entrada a las demás voces), son de una pureza estilística quizá no superada, con líneas melódicas cercanas a lo moda, trítonos ornamentados y modulaciones que enlazan pasajes de solemne escritura.

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